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Arte

La arquitectura reciente o César Manrique

La arquitectura canaria es una forma modesta del barroco andaluz, y en Lanzarote, donde la pobreza era mayor que en Tenerife y en Gran Canaria, es la más modesta. Pero por ello son sus formas también las más puras. ” (César Manrique)

Es imposible imaginarse la isla tal y como es hoy sin César Manrique. Su influencia y su obra han marcado el aspecto externo de la isla. Los lanzaroteños dicen que ha sido él quien “ha hecho” Lanzarote. Manrique era pintor, escultor, arquitecto (sin estudiarlo), ecologista, conservador de monumentos, consejero de construcción, planeador de complejos urbanísticos, configurador de paisajes y jardines: César Manrique era el personaje más sobresaliente entre los artistas de Lanzarote, más aún, de todo el archipiélago canario.

Este hombre lleno de temperamento, sencillo y amable nació el 24 de abril de 1919 en Arrecife. Participó en la Guerra Civil española como voluntario del lado franquista. A su regreso a Lanza­rote tuvo algunos éxitos en exposiciones. En 1945 se trasladó a Madrid, donde comenzó sus estudios con ayuda de una beca en La Academia de Bellas Artes de San Fernando, en 1950 se graduó como profesor de arte y pintor. Más tarde se matriculó en la Escuela de Cine, plan que abandonó poco después.

En La Era, un restaurante-jardin en Yaiza, encuentra Vd. los últimos testimonios de su escuela madrileña, tres cuadros de estilo concreto, con los temas: la pesca, la agricultura y la viticultura, reproducidos en azulejos.

En 1953 comenzó Manrique a practicar la pintura abstracta (lo cual en la época franquista era parecido a una revolución) y un año más tarde expuso sus obras junto con sus amigos Manuel Manpaso y Luis Féito, ambos de su misma ideología. Manrique continuó por su propio camino sin seguir las ideologías de ninguna escuela. Tampoco se dejó influenciar por sus modelos Pablo Picasso y Henri Matisse.

A fines de los cincuenta su nombre ya era conocido en Madrid. Sus cuadros fueron expuestos en las grandes ciudades de Europa, en Japón y en EE UU, llegando a ser conocido así internacionalmente. Recibió primeros premios y de nuevo, cuatro años más tarde, fue elegido por primera vez para la 28a Bienal de Venecia.

En 1963 murió su compañera con la que había vivido 18 años. Esta dolorosa experiencia influyó en su traslado a Nueva York, que tuvo lugar dos años después, habiendo recibido un llamamiento del Instituto Internacional de Educación Artística. Pocas semanas después de su llegada lo contrató la galerista Catherine Viviano. De pronto, sus cuadros estaban colgados junto a los de su famoso paisano Joan Miró y junto a los de Max Beckmann.

En 1968 volvió Manrique a Lanzarote encontrándola tal y co­mo la había dejado. Tenía la sensación de que la isla lo necesitaba. Se convirtió en su abogado y ellos lo proclamaron como tal. Su incansable afán de actividad, su tenacidad, sus grandes facultades y no por último su gran fama internacional posibilitaron la realización de las ideas manriqueñas. El propagaba un turismo selecto, “tenía” que ayudar a la isla empobrecida, cuya población tuvo que ser evacuada hacía 50 años. Manrique soñaba con “un paraíso para los pocos que aman lo especial”. Su sueño fracasó. Pero junto con su amigo de juventud José Ramírez Cerdá, por aquel tiempo presidente del Cabildo Insular, consiguió imponer hábilmente sus proyectos de construcción. El empleado del Cabildo Luis Morales fue para Manrique el compañero ideal. Como capataz de las obras sabía realizar las ideas de Manrique.

Manrique no hacía planos. Los edificios y detalles de cons­trucción los trazaba en un instante, verbalmente, a veces hacía un esquema en una servilleta o hacía un plano directamente con cal que echaba en el suelo, como sucedió en la construcción del restaurante en el Castillo de San José. Para Manrique el plano estaba en el te­rreno. En el lugar, no en el estudio, era donde había que trazarlo, rechazarlo y corregirlo. Aquí se arriesgó algo.

Manrique no necesitó la seguridad de un plano, él se entregó de lleno a un proceso creativo abierto, que también pudo fracasar. Los planos de construcción fueron autorizados posteriormente, a veces cuando la obra ya estaba finalizada.

Vamos a mencionar algunos de sus edificios: el Castillo San José en Arrecife, el Monumento a la Fecundidad en el centro geográfico de la isla, el Mirador del Río en el norte, el Aeropuerto de Arrecife, Los Jameos del Agua en la costa nordeste, el Hotel Las Salinas y un pueblecito completo: el Pueblo Marinero en Costa Teguise, o el Restaurante El Diablo en el islote del Hilario en las Montañas del Fuego, el Jardín de Cactus en Guatiza y la Fundación César Manrique en Tahiche.

Manrique ha desempeñado un papel muy importante en la política infraestructural de la isla, su influencia es visible en toda la isla. Consiguió que las autoridades prohibieran terminantemente los carteles publicitarios y fue nombrado director de asuntos artísticos en la empresa de minas de Río Tinto, a la que perteneció una gran parte del norte de la isla, y logró convencer a su gerente para colocar bajo tierra los cables del teléfono y de alta tensión. Hasta ahora sólo existe un “rascacielos“, el Gran Hotel en Arrecife, al que Manrique declaró “un crimen contra el espíritu de la isla”. Manrique estuvo durante la construcción largo tiempo en Nueva York. El fomentaba la forma tradicional cúbica. Una casa puede crecer. Los lanzaroteños comienzan con una o dos habitaciones. Cuando aumenta la familia añaden cubos de uno o dos pisos, alineados alrededor de un patio y del aljibe.

La idea de Manrique fue la armonía con la naturaleza y la continuación de los procesos naturales. El quiso mantener la tradición y realizar una arquitectura integrada en el paisaje, que esté en la proporción adecuada con el medio natural. Era un ser que vivió de y con la naturaleza. Y era un ser que pensaba en su prójimo. Ha presentado la naturaleza en un escenario, la ha hecho más visible, ha impedido la diseminación de los poblados, estando a favor de los centros turísticos y así dió forma a una arquitectura filantrópica.

Manrique sugería los proyectos, los planeaba, los llevaba a cabo sin cobrar por ello. Regalaba su trabajo a los habitantes de Lanzarote. Manrique se mantenía de los encargos privados y de su pintura.

Su deseo de vivir con la lava lo realizó en su propia casa, en Tahiche, que ha llegado a sus conciudadanos como fundación. Puso la casa sobre siete cámaras volcánicas sobre una corriente de lava azulnegra, según la forma cúbica típica lanzaroteña. Aparte de un campanario no se diferencia apenas exteriormente de la forma y construccíon habitual (R Fundación César Manrique). De cámaras de lava, concavidades de unos cinco metros de diámetro – surgidas al petrificarse la lava – edificó un templo de las musas.

Manrique trataba la naturaleza con cuidado. No la destruía al construir. Y su objetivo fue proteger a Lanzarote de la destrucción de las empresas constructoras. En parte lo ha conseguido. También ha uniformado. Paredes blanqueadas con cal, puertas y ventanas pinta­das de verde y un estilo de construcción cúbico homogéneo se repiten a veces de modo insoportable. Tejados rojos, paredes beige y azul en las ventanas y puertas, cada vez más frecuentes, son aliviadores. Pero estas son pequeñeces si se tiene en cuenta la grandiosidad de su obra.

Manrique ha sido la fuerza motriz para una arquitectura humana, ha marcado la pauta. Pero su influencia no fue suficiente, los intereses comerciales dominaron, entrometiéndose cada vez más bárbaros en el asunto. El estilo de construcción tradicional ha sido imitado y ridiculizado. El mismo Manrique habló de “especuladores estúpidos y brutales”. A causa de las dificultades económicas de la empresa Río Tinto – en la que Manrique fue director de arte – crecieron los intereses comerciales. Se construía sin consideración según aspectos mercantiles sin tener en cuenta los propósitos del artista. Años enteros han construido, y siguen construyendo, sin atenerse a lo convenido y usaron el nombre de Manrique impro­pia­mente para sus objetivos a pesar de que éste ya había rescindido su contrato con Río Tinto.

Medio año después de la inauguración de su fundación, la cual la cedió aún en vida al pueblo de Lanzarote, falleció a los 73 años en un accidente de tráfico el 25 de septiembre de 1992 cerca de Arrecife, gozando aún de buena salud y de plena vitalidad y luchando siempre por su patria chica.